En las Buenas y en las Malas

Con papi en el 1995

Con papi en el 1995

En mis añitos de vida, me he mudado alrededor de nueve veces.  Eso es muchísimo comparado con mis padres, que estuvieron más de 40 años en la misma casa, donde yo nací y me crié.  Mi primera mudanza fue a los 18 años, cuando de prepa me relocalizaba en Río Piedras, para estudiar en la “Iupi” (UPR Río Piedras).  Lo primero que me decían en mi pueblo era: “Nena, estás loca, irte pa’ San Juan!”, “Con lo malas que están las cosas!”...  “¿Tus papás te dejaron irte?” En fin, recibí un bombardeo de negatividad, pero sabía que la única forma de crecer era irme.  Mi niñez fue maravillosa, no cambiaría ni un segundo de ella.  Una familia trabajadora donde nunca faltó nada, pero tampoco había demasiado.  Mi papá siempre decía que : “Todo en exceso hace daño”.  ¡Qué mucha razón tenía! 

Esa primera mudanza fue la más difícil.  Pero más que por la cargadera de cosas, fue por el aspecto emocional.   Mis amistades me despidieron con tristeza.  Estaba por primera vez en mi vida en un lugar nuevo, sin mi familia y mis amigos.  Me mudé un hospedaje en la calle Manila en la Urbanización Santa Rita, cerquita de la UPR.  Los dueños del hospedaje eran Don Primo (alias “Yoda” como el de Star Wars) y Doña Rosa, unos viejitos muy estrictos.  Me llevé muy pocas cosas pues bajaba religiosamente los fines de semana, por supuesto, ya que era mi primer año de universidad.  Me cuarto era pequeñito, pero lo más curioso era que para llegar a éste, tenía que pasar por el cuarto de una de mis compañeras.  Tenía un balcón gigantesco y en la cocina un lavamanos antiguo en porcelana blanca, con el escurridor integrado en el mismo material.  El piso en losas criollas, desteñidas por los años, pero con patrones hermosos, un baño gigantesco, con losas biseladas.  Una casa vieja, con historias, pero con carácter.  Allí estuve por dos años. 

Cuando decido mudarme, ya en tercer año de universidad, lo hice para en la misma urbanización, en “el redondel” de la calle Humacao.  Esta calle sin salida tenía la peculiaridad que al final de ésta había un portón peatonal que conectaba con la Avenida Universidad.  Yo aún no tenía carro, por lo que resultaba muy conveniente.  El apartamento estaba en un edificio de cinco pisos, de esos de los años cuarentas que tenían un “fallout shelter”.  Era gigantesco, y a un súper precio.  Estaba en el cuarto piso, y el elevador había sido clausurado muchos años atrássin intenciones de repararlo (como el de la serie de TV “Big Bang Theory”).  Para colmo las luces de la escalera nunca funcionaron, así que subía de noche a ciegas y punto.  Esa mudanza fue inolvidable.  Mi padre estaba ahí, como siempre, apoyándome en todos mis inventos.  Entre él y yo cargamos de todo.  Esta vez eran más cosas, ya que el apartamento no estaba amueblado.  Juego de sala, juego de comedor, ropa, y por supuesto la cama.  Dimos tantos y tantos viajes por esas escaleras hasta el cuarto piso que estábamos exhaustos.  Tan así es que llegamos sin aliento subiendo la cama.  Sólo para darnos cuenta que llegamos hasta el quinto piso con ella! Apenas podíamos con el peso y para colmo subimos un piso demás.  Papi y yo terminamos muertos de la risa y descansamos un poco antes de bajar al cuarto piso con ella.  En ese apartamento estuve con tres amigas por dos años cocinando en una estufita de gas de dos hormillas, de las que se usan cuando se va la luz, pero que tenía hornito y todo.  Y qué mucho cocinábamos!

Ya en cuarto año de universidad decido mudarme un poco más lejos, al otro lado de la Avenida Muñoz Rivera, esta vez en la Urbanización Santa Ana.  Cada vez eran más las cosas para mudar, incluyendo mi máquina de coser.  Yo heredé la torpeza mi papá y cuando él estaba cargando mi máquina de coser, le comento que no vaya a dejarla caer, pues pensaba venderla por ochenta dólares.  De repente escucho un ruido estruendoso, y comienzo a gritar los nuevos precios de venta.  Sesenta! Cincuenta! Cuarenta! Fue muy poco lo que pude pedir por ella.  Terminamos riéndonos nuevamente pues “Si la vida te da limones, pues haz limonada”.  Cuando ya sólo quedaba un estante de vidrio para terminar, sacando los cristales del mueble me di tremenda cortada en el tobillo.  Tan así es que papi tuvo que llevarme al hospital a tomarme cinco puntos.  Aun era verano, sin carro, sin teléfono, y mis compañeras en sus respectivos pueblos, mis padres me tuvieron que dejar allí.  Estaba en muletas, nuevamente en un cuarto piso, y sin elevador.   Para hacer una llamada tenía que bajar y cruzar al Denny’s, donde había un teléfono público.  Pero eso no era impedimento para lograrmi cometido.

Dos años después me gradué y , fui aceptada en F.I.T. en Manhattan para estudiar diseño de modas.  Ese era mi gran sueño, y nuevamente contaba con el apoyo de mis padres.  Ellos viajaron a Nueva York a ayudarme a instalarme.  Se montaron en el subway conmigo, donde cargamos hasta una tabla de planchar desde el K-mart en Penn Station.  Todos nos miraban con cara de “estos latinos locos”. Como mi cuarto no tenía armario, compramos una sábana, le hice un ruedo, papi instaló un tubo y voilá! Problema resuelto.  Allí estuve poco más de un año, y tuve algunos ocho compañeros de apartamento, de nacionalidades como Japón, África y las Filipinas.

Qué aprendí de todo esto? Que cuando tienes a alguien que te apoya, hasta lo imposible se hace posible.  Que la vida es sólo una y tú decides qué hacer con ella.   Nos quejamos a diario de tantas cosas, y a la hora de la verdad, hemos vivido con mucho menos.  Nos acostumbramos a los lujos y pensamos que no podemos vivir sin ellos y estamos muy equivocados, a la hora de la verdad, se resuelve con lo que haya disponible. 

Agradezcamos a los que están con nosotros en las malas, pues en las buenas todos quieren estar contigo.  Tengo un ángel que ha estado conmigo toda mi vida, y aun lo está...

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XOXO,

--- tommie